El domingo estaba paseando en Buenos Aires y me subí al subte. Al ingresar, me encontré con una banda que estaba tocando una chacarera y que estaba compuesta por dos personas: el cantante (con una voz increíble) y el guitarrista (que lo acompañaba muy bien). Me senté y observé a mi alrededor. Cada pasajero iba en su mundo: un chico con sus auriculares, una chica con su celular, una señora leyendo y así sucesivamente.
Es cierto que en Buenos Aires están habituados a escuchar a artistas en el transporte público y también es válido que quieran viajar tranquilos o realizando otra actividad. Pero ese día era domingo y ameritaba entregarse al espectáculo que nos estaban ofreciendo. En un momento, el cantante nos pidió que acompañáramos la chacarera con nuestras palmas y a nadie se le movió un pelo. Hasta que decidí romper el hielo y aplaudir. No les puedo explicar el agradecimiento que me transmitió ese chico con su mirada…¿Y adivinen qué? A mi aplauso se le sumó el del pasajero que iba sentado a mi derecha, luego el de mi izquierda y también el que estaba sentado enfrente.
Ese domingo, mientras viajaba en subte, reafirmé algo que siempre transmito en mis clases de oratoria: en la medida de lo posible, seamos el público que nos gustaría tener. La decisión de apoyar o no a alguien es tuya, pero también tenés que saber que esa decisión, la mayoría de las veces, es contagiosa.
